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Sobre la guerra

Tal vez desde mi adolescencia supongo que al igual que otros— comienzo cada día de mi vida con la misma rutina: mi desayuno de café con lectura de diario, cable a tierra con lo actual de todos los días. Desde hace dos meses: el lacerante grito de la guerra en Ucrania. Una vez más, el recuerdo de mi abuelo materno, nacido en Ucrania. El ramalazo de su cicatriz obtenida en un pogrom, estudiante en Odessa, defendiendo a otros y a sí mismo contra la opresión zarista. Tuvo que refugiarse en la Argentina. ¿Otro mundo? No tantos años después, 30.000 desaparecidos. Hay una lucha de fondo que no tiene fronteras nacionales. Voto contra la guerra en Ucrania. Voto por la eliminación en lo real de la causa que genera las guerras, siendo necesario para eso una transformación radical del contrato económico que regula buena parte de los lazos sociales. Y no es esta tarea del psicoanálisis, aunque tal vez el psicoanálisis pueda arrojar alguna luz al respecto.

¿Qué dice el psicoanálisis sobre la guerra? En 1932 diez años antes de la producción de la primera reacción en cadena que llevaría a la creación de la bomba atómica el genial Albert Einstein, físico ya mundialmente reconocido, le escribe una carta a Freud formulándole una pregunta muy cercana a la nuestra: ¿Qué podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra?   A quienes conocen poco y nada de psicoanálisis — y también a quienes ya se creen saberlo todo al respecto— recomiendo la lectura de la carta que Freud da como respuesta a la pregunta de Einstein, mostrando magistralmente —en términos que cualquiera puede entender — tanto su saber como los límites de su saber.

Es un texto en el que no pretende alcanzar una respuesta, pero en el que deja muy clara una posición: no a la guerra. 

Recurre a lo que él mismo denomina nuestra doctrina mitológica de las pulsiones, Eros vs. Tanatos, la pulsión de amor, que tiende a la unión y a la vida, versus la pulsión de muerte, que tiende a la destrucción y a la separación. Quizá mantenga un nexo primordial con la polaridad entre atracción y repulsión, que desempeña un papel en la disciplina de usted, le dice Freud, el psicoanalista, a Einstein, el físico.

Freud deja muy en claro que por lo general ambas pulsiones se ponen en juego entrelazadas, fusionadas en las más diversas maneras y proporciones, pero que se necesitan una a la otra para llevar adelante sus fines. Por ejemplo, el ser viviente protege en cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena, así como también, por lo menos en el ser humano, ocurre la inversa: entrega su propia vida para salvar la de una persona amada. 

Pido disculpas si en la brevedad de estos dos últimos párrafos no consigo transmitir el poder de verdad de una teoría que Freud había desplegado por primera vez en 1920, en el texto de “Más allá del principio del placer”, escrito doce años antes que la carta dirigida a Einstein. La construcción de este mito le permite dar cuenta, de manera coherente, de cantidad de incoherencias en la conducta humana, resultado que no siempre lo que desea nuestro inconsciente se lleva bien con lo que se quiere desde la conciencia o con los mandatos de nuestro superyó. En cada uno de nosotros, humanos, impera un goce singular que dirige nuestro accionar mucho más allá del principio del placer, muchas veces incluso en su contra.

En “El por qué de la guerra”, Freud traslada este mito, construido en la singularidad del tratamiento analítico, a la historia de la humanidad, analizando algunas de las relaciones entre los hombres. De manera magistralmente dialéctica va comentando que hubo guerras de conquista (Tanatos) que posibilitaron que el hombre se fuera agrupando en unidades cada vez más grandes —aldeas, ciudades, naciones— así como la extensión de la civilización (Eros); pero a su vez estas unidades se fueron disgregando.

Textualmente: Aunque parezca paradójico, es preciso reconocer que la guerra bien podría ser un recurso apropiado para establecer la anhelada paz “eterna”, ya que es capaz de crear unidades tan grandes que una fuerte potencia alojada en su seno haría imposibles nuevas guerras. Pero en realidad la guerra no sirve para este fin, pues los éxitos de la conquista no suelen ser duraderos; las nuevas unidades generalmente vuelven a desmembrarse a causa de la escasa coherencia entre las partes unidas por la fuerza. Además, hasta ahora la conquista solo pudo crear uniones incompletas, aunque amplias, cuyos conflictos interiores favorecieron aún más las decisiones violentas

Si en los primeros tiempos de la humanidad, simplemente se mataba al enemigo, en un momento dado, al propósito homicida se opone la consideración de que, respetando la vida del enemigo, pero manteniéndolo atemorizado, podría empleárselo para realizar servicios útiles. Así, la fuerza, en lugar de matarlo, se limita a subyugarlo. Vencedores y vencidos se convierten en amos y esclavos. El derecho de la comunidad se torna expresión de la desigual distribución del poder entre sus miembros; las leyes serán hechas por y para los dominantes y concederán escasos derechos a los subyugados.

Los oprimidos tenderán constantemente a procurarse mayor poderío y querrán que […] se progrese del derecho desigual al derecho igual para todos. […] la clase dominante se negará a reconocer esta transformación y se llega a la rebelión, a la guerra civil, es decir, a la supresión transitoria del derecho y a renovadas tentativas violentas que, una vez transcurridas, pueden ceder el lugar a un nuevo orden legal.  (Sigmund Freud: “El por qué de la guerra”)

Hasta aquí, Freud. 

Ya no Freud, sino Engels, dirá que el origen del Estado es la necesidad de la clase dominante de mantener en el molde a los oprimidos —llámense estos esclavos, siervos u obreros—. Con su mito de las dos pulsiones, Freud construye un valioso algoritmo metafórico que le sirve para explicar y operar sobre la psiquis humana; sin embargo, a ese algoritmo le falta un elemento clave para dar cuenta de las relaciones humanas en su estructura social. En los términos metafóricos de la poesía de Quevedo podríamos denominarlo poderoso caballero

Poderoso caballero es Don Dinero.

Tan poderoso es este caballero que mueve al mundo de los hombres en función de sus intereses. Tantas cuestiones serán largas y/o difíciles de explicar, pero lo que es posible medir de manera indudable es que el dinero atrae el dinero. El capital está cada vez más concentrado en menos manos… y continua, implacable, ajustando su lazo alrededor del cuello de la humanidad.

Dice Freud: Parece que la tentativa de sustituir el poderío real por el poderío de las ideas está condenada por el momento al fracaso. Tal vez sería necesario subrayar el “por el momento” de las palabras freudianas, dejando abierto un tal vez sí. Tal vez sería necesario también especificar de qué ideas estaba hablando Freud y hacerles la crítica que les corresponde.

De todas formas, y muy en general, no podría garantizarse que si la propiedad privada de los medios de producción —fuente inagotable de la lucha de clases— fuera abolida, no habría más guerras; pero sí podemos afirmar —con una certeza lógica absoluta— que mientras el “derecho” y el Estado continúen sosteniendo el goce de algunos sobre el producto del trabajo de otros, la guerra no tendrá fin. 

Esto escapa al campo del saber del psicoanálisis y a su campo operatorio. No es un déficit de la teoría, es un reconocimiento de sus límites, expresado en primer lugar por Freud y sintetizado en su frase El psicoanálisis no es una Weltanschauung (concepción del universo, ideología), plantea  Freud en Nuevas lecciones de psicoanálisis. Se adhiere más bien a los hechos de su campo de acción, desarrolla en “Psicoanálisis y teoría de la libido”.

¿Pero en qué sí hace borde la especificidad del psicoanálisis con el tema de buscar una solución a la guerra? En su síntesis final de “El por qué de la guerra”, dice Freud: Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen ser los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que comienza a dominar la vida instintiva, y la interiorización de las tendencias agresivas, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien: las actitudes psíquicas que nos han sido impuestas por el proceso de la cultura son negadas por la guerra en la más violenta forma y por eso nos alzamos contra la guerra: simplemente, no la soportamos más […] Y parecería que el rebajamiento estético implícito en la guerra contribuye a nuestra rebelión en grado no menor que sus crueldades. ¿Cuánto deberemos esperar hasta que también los demás se tornen pacifistas? […]. Todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra.

Trabajo en la clínica de niños pequeños. Tengo especialmente presente la agresividad primordial señalada por Lacan, que se enseñorea en los niñitos de uno, dos o tres años. A medida que el chiquitito se va “apropiando” de la palabra, es sujetado por ella cada vez con mayor precisión. La concurrencia implica rivalidad y acuerdo a la vez; al mismo tiempo, sin embargo, reconoce al otro con el que se compromete la lucha o el contrato, es decir, en resumen, encuentra al mismo tiempo al otro y al objeto socializado, plantea Lacan en “La familia”. El orden simbólico, al hacerse carne en el infans, reordena la confrontación especular previa, posibilitando el pacto; la palabra y sus leyes, las leyes de la cultura, comienzan a trazar los caminos por donde se desplegará la vida del flamante sujeto a advenir. Nada de esto garantiza todavía que el pequeñito se ubique más adelante como enemigo de la guerra; y, sin embargo para que pueda llegar a serlo alguna vez, es condición que todo esto acontezca.

Concluyo con una frase que me parece que está entre las más poderosas para ejemplificar, metafóricamente, el entrelazamiento necesario y productivo entre Eros y Tanatos; le pertenece al poeta español, Gabriel Celaya, a saber:

La poesía es un arma cargada de futuro 

Agrego que la palabra “poesía” bien podría ser sustituida por la palabra “psicoanálisis”, con la única condición de que la intervención psicoanalítica, en su singularidad, sea poética.

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