Aires de época: “Adolescencias: inicios, rituales, ritmos”

Sección dedicada a las reflexiones en torno a la subjetividad de la época y sus debates actuales, tendiendo puentes hacia nuestros lectores.

Cuando nos referimos al tiempo singular de la vida que llamamos adolescencia, surgen de inmediato una serie de reflexiones que convergen en las dificultades que trae aparejado el tránsito por ese tiempo de la vida.

Período tormentoso, huracanado que interpela tanto a padres, educadores como gobernantes.

El orden de dificultad al que asistimos se centra en lo que implica la emergencia de las profundas transformaciones que se inician en la pubertad, ligadas esencialmente a los cambios hormonales y, como consecuencia, a las fuertes transformaciones en el cuerpo por la emergencia de la sexualidad y los requerimientos que ello comporta.

Se trata de modificaciones reales en el cuerpo, en la imagen, en los afectos, cuestionamientos a todo orden instituido, sentimientos de tristeza o depresión que no pueden explicarse más que por el atravesamiento de lo que se da a llamar la “crisis de la adolescencia”.

Cabe señalar que el problema no radica en la aparición de la crisis, sino en su omisión o bien su estigmatización sin atender las particularidades que recorre cada joven inmerso en ese torbellino.

Es muy importante que la generalización al que nos lleva el “sentido común” no nos desvíe de lo propio de cada crisis.

Cada joven lo vive de manera singular y singular no implica en absoluta soledad. Lo vive en función de las marcas de su historia. Del mismo modo, cada época determina un perfil propio de adolescencia conforme a las marcas culturales que establece cada tiempo. Su música, su lenguaje generalmente inaccesible al adulto, sus códigos, su moda y formas de agrupamiento que configuran una identidad y comunidad de pertenencia con sus pares imprescindibles para ellos.

Estas profundas transformaciones en la vida de los adolescentes impactan en toda su existencia.

El pasaje de la infancia a la vida adulta suele ser un camino lleno de incertidumbres ya que la pérdida de la posición infantil requiere un tiempo de duelo entre lo que se pierde y el camino incierto que se inicia hacia la vida adulta.

A lo largo de la historia de la humanidad los rituales han sido un modo de dar sentido a los acontecimientos de la existencia, la vida, la muerte.

Los rituales de paso por la adolescencia son de suma importancia ya que otorgan un marco simbólico que encuadra el pasaje otorgándole estatuto y contención al abismo ante el cual se ven enfrentados en el proceso de separación y diferenciación de los modelos parentales en la construcción de un cuerpo e identidad propia.

Se trata de ceremonias que dan cuenta y simbolizan los cambios importantes en la vida, dan marco a la incertidumbre del recorrido.

Cada cultura tiene sus propios rituales ya sean religiosos, culturales, personales o sociales.

La ceremonia de Confirmación en la tradición católica, el Bar Mitzvah para los varones y Bat Mitzvah para las niñas en la tradición judía, la celebración de los 15 años en las niñas, la celebración de los 18 años en lo varones, la mayoría de edad, la entrega de símbolos que otorgan los padres o alguna autoridad que implica la asunción de responsabilidades.

Es de gran importancia que estos rituales que marcan un ritmo estén sostenidos por los padres, la sociedad o bien la tradición que cada cultura ofrezca. Se espera algo de los jóvenes al tiempo que revelan que no están solos en el pasaje de la vida.

Desde la antigüedad hasta las sociedades contemporáneas diversas variantes se han introducido en el modo de dar cuenta del pasaje a través de los rituales.

En nuestra actualidad, incididos por el avance irrefrenable de la tecnología y sumidos en el vértigo de la inmediatez, se ha ido desdibujando el marco simbólico de los mismos haciendo lugar a ritos carentes de sentido comunitario y de responsabilidad.

Su lugar ha sido reemplazado por escenas con menos significación y velos y más exposición de los cuerpos, como “hacer previas” – que implica el consumo desmesurado de alcohol- utilización de las redes sociales para denigrar al otro, en suma, vaciando de contenido simbólico el sentido del ritual como marco de contención frente al abismo.

Que ello suponga ser la marca distintiva de nuestro tiempo invita a una profunda reflexión acerca de la importancia simbólica de los rituales y las consecuencias de su degradación.

La guerra

Con las heridas abiertas frente a las consecuencias padecidas por la pandemia y bajo los efectos incalculables de ello, se liga, en pavorosa continuidad, la conmoción a la que nos sume una nueva guerra. La invasión de Rusia a Ucrania. 

Evoco en estos momentos la frase del personaje de la película Adrei Rublev, pintor iconoclasta del siglo XV, película dirigida por Andréi Tarkovsky que dice: los hombres han cometido todas las estupideces habidas y por haber y desde entonces no hacen más que repetirlas. 

Desde Caín y Abel, una marca se instaura en la naturaleza de lo humano. Las luchas fratricidas, la lucha contra el prójimo, el odio aniquilador, adquieren sus renovadas versiones de segregación a lo largo de la historia de la humanidad.

Intentando sobreponernos a las secuencias de muertes que la pandemia y ahora la guerra nos presenta, una pregunta retorna en cada uno de nosotros ciudadanos de la polis y del tiempo de la historia que nos toca vivir. Su insistencia al modo de la pregunta dice de lo que no debemos aceptar bajo ningún concepto ni argumento espurio: ¿Por qué la guerra una y otra vez?

¿Qué de lo humano lleva a la aniquilación de otro ser humano?

¿Qué implica el otro para cada uno de nosotros?

¿De qué se nutre el odio, la avaricia, el afán de poder, para reiterar actos aberrantes entre los seres humanos?

También evoco la pregunta que le fue dirigida a Pablo Picasso por un oficial alemán durante la ocupación nazi en Francia frente a la obra que inmortalizó la masacre de Guernica: ¿Usted hizo esto?. Con decidida toma de posición, el gran pintor no eludió el deber ético que su obra testimoniaba al responderles: No lo hice yo. Lo hicieron ustedes, en referencia a la destrucción que el nazismo llevó adelante en Guernica y desde luego no solo allí. 

Se nos plantea la evidencia de que la construcción del horror que la guerra comporta, sea cual fuera su ropaje, piedras, palos, lanzas, misiles, armas nucleares, no reconoce otra fuente que el de la naturaleza humana. Es lo que Freud selló de manera magistral en “El Malestar en la Cultura” al situar  las fuentes del penar en el ser humano. 

En el texto, Freud hace mención a la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre las personas, en la familia, en el estado y en la sociedad.

Si bien el elemento cultural sería el primer intento de regular los vínculos sociales, para ello es decisivo la sustitución del poder del individuo por el de la comunidad

 Poder llevar adelante la vida en común requiere de la renuncia a la satisfacción de la pulsión de dominio que habita al humano.

Basta recorrer la historia de los genocidios que caracterizaron el siglo XX, sin desconocer las múltiples formas de desaparición de personas siglos tras siglos, para reconocer que la renuncia a las pulsiones que habitan a los seres hablantes no encuentra en ellos la disposición suficiente. Los discursos totalitarios surcan el camino para que resurja reiteradamente el odio y la segregación. 

“Civilización o barbarie” es el desafío constante al que nos enfrentamos. Ser escépticos de la condición humana no se equivale a la renuncia que la ética del psicoanálisis nos propone, al intervenir en el campo individual y social, toda vez que el discurso único arrasa con las diferencias. Camino ético por el que decidimos continuar cada vez.